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Artículo / Por: Aníbal Fernando Bonilla

Confesión de un poeta herido

Confesión de un poeta herido /Un artículo sobre el libro “Las cartas están echadas” de Alfredo María Villegas Oromí. Por: Aníbal Fernando Bonilla
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Confesión de un poeta herido

Con la libertad que otorga el verso en su confección sonora y lúdica, Alfredo Villegas Oromí (Buenos Aires, 1955) nos entrega Las cartas están echadas (Vinciguerra, 2019), poemario con el cual obtuvo el primer premio en el concurso anual de poesía inédita “Máximo Simpson”, convocado por la Fundación Argentina para la Poesía, el mismo año de su publicación.

La obra es una concatenación metafórica que se desprende con propiedad a partir del despojo, de la turbulencia, de las horas negras y torrentosas junto al acantilado y la noche. Es la construcción/destrucción de un corpus desprovisto de ardid literario -sin imposturas, ni extravagancias-, ya que en su contenido y continente aflora la exteriorización diáfana del desgarro, como efecto paradójico del sentir esencial del poema: en donde la luz y las tinieblas tienen cabida ante el ansia de “escribir muriendo / para renacer mañana”.

Villegas Oromí confiesa las secuelas de una herida honda-abierta-lacerante con la exploración del yo interior (“Me busco en cada piedra de la orilla, / cada arrecife, / en cada playa recorrida”), de la singularidad identitaria, del íntimo brote versal, como una manera excelsa por alcanzar el alivio tras la ingrata faena del desamor, ya que este es uno de los ejes horizontales por el que atraviesa este conjunto de textos (veinte en total, contando con citas rutilantes de Olga Orozco) enumerados entre sí, como una suerte de eslabones que surcan las tristes praderas, construyen laberintos rítmicos, alimentan la bruma con toda la espesura posible del lenguaje que marca los tonos y las pausas para percibir la fuerza del silencio en el compás de la fría tarde, en donde “el desamor es mucho más cruel / que la misma muerte”.

Ser o no ser en la flama poética parece exclamar el vate, impotente ante la ausencia de aquellas manos de diosa cómplice que sostuvieron, hasta apenas ayer, su leve corazón: “Ella es la deidad / que juntó mis despojos para crear un hombre”. Hasta llegar al extremo de no encontrarse sujeto al decoro de las cosas que demarcan la lógica cotidiana, ya que “Mis labios se han quebrado / hasta enmudecer”. Esto es, el desvarío sumergido entre el insomnio y el quebranto.

Hallar la entelequia pura del verbo y hallarse en el frondoso bosque del tacto y el silbido creativo, para trazar sintagmas desde el “temblor del alma”, acurrucado “en los brazos quebrados de la noche”. Anhelante del arropo como el niño en el seno materno, ya que al final, la cura de los males se logra con afecto y cuidado, frente a la posibilidad de salvación, que, en este caso, nos brinda el poema en su máxima sinceridad intelectual.

Anidar en otras latitudes, en otros seres, en otras costumbres, en otros vestigios, en otros amores, en otras moradas, sin opción al retorno posible. Lejos de cualquier síntoma de felicidad y fervor del gozo mutuo. Al contrario, consciente de que tales momentos de calidez y ternura, han sido difuminados por el tedio, y, tal vez, la fatiga. Ahora, “en este espacio vacío / que se ahoga fracturado en la garganta” solo queda lavar las tristezas y rescatar la vida, tan aciaga en circunstancias en donde predomina la duda en el camino. Es que de la vacuidad que provoca el sentimiento desconsoladamente roto, la poesía se erige como refugio sagrado para perennizar la plenitud del signo escrito.

En el intento desesperado (e inútil) por rescatar/acariciar el recuerdo, la voz lírica -aún desencajada por la ruptura- reafirma con claro extravío la maniobra tentadora de consumar los días de sol radiante: “tengo por costumbre glorificar la muerte”. Con pesimismo transita sin mirar el porvenir, señalando la maravillosa admiración del otoño, ya sin regreso. Si no en cautiverio, al menos desde un agudo aislamiento surgen estos poemas que traspasan los portones del tiempo, con la mirada extendida al anchuroso mar, sin que se observe un límite posible en la sensación del ojo observador. Es una plegaria de raíz secular que antepone la remembranza de aquella convivencia amatoria convertida en sombra y fisura: “Supimos construir un bastión invulnerable, / una luz con alas de futuro, / un mensaje lanzado a la esperanza”.

El poeta a través de un desdoblamiento de connotación metafísica persiste en la recurrente alusión sobre su estado particular, sobre la “bestia interna” que merodea los confines de la propuesta poética, en la encrucijada de encontrarse a sí mismo, y, con los demás. Aunque esto implique rastrear en la memoria, siempre frágil, siempre escurridiza, siempre traicionera: “nunca se ha guardado mi nombre en el espejo”.

El también autor de Sin ella, nada transmite la desazón que causa la astilla en el pecho, en tanto se recupera de aquel veneno del pasado que lo agobia y que le ha obligado a echar las cartas como derivación del destino.

 

*Fotografía empleada en el banner: © Mateo Bonilla Ambrossi.

Alfredo María Villegas

(Buenos Aires, Argentina, 1955). Ciudadano uruguayo. Poeta, escritor, investigador, profesor universitario, ingeniero agrónomo y gestor cultural. Fundó Ediciones Botella al Mar, Uruguay (2005). Creador de los Encuentros Internacionales “Poetas y Narradores de las Dos Orillas” (2006). Docente de los Talleres de Creación Literaria de la Dirección de Cultura de Rocha, Uruguay. Curador de la Biblioteca Oceánica del Centro Cultural Nacional La Paloma, Rocha. Disertante en congresos internacionales de literatura en Argentina, Chile, Colombia, Costa Rica, Brasil, Ecuador, Perú, y Uruguay. Invitado a las Ferias del Libro de Buenos Aires, Santiago de Chile y, en Perú. Premio Nacional de Literatura 2017 (Poesía inédita) del Ministerio de Educación y Cultura de Uruguay; Puma De Plata 2015, Fundación Argentina para la Poesía; Primer Premio “Máximo Simpson”, 2019, Fundación Argentina para la Poesía; Primer Premio Fundación Victoria Ocampo, 2010; Premio Único “María Del Villar”, 2005, Fundación María del Villar Berruezo. Ha publicado veinte libros de poemas, cuatro libros de ensayo y una novela. Consta en más de cincuenta antologías internacionales. Sus poemas han sido traducidos al árabe, inglés, italiano, francés, y portugués. Algunos de sus títulos son: Celebraciones y Desgarros, 2005; Nacimientos y Agonías, 2005; Celebración de la espalda, 2006; Pampeanías, 2008; El verdadero nombre de las cosas, 2010; Sin ella, nada, 2018.

Aníbal Fernando Bonilla

Otavalo, Ecuador, (1976) Máster en Estudios Avanzados en Literatura Española y Latinoamericana, y Máster en Escritura Creativa por la Universidad Internacional de la Rioja (UNIR). Licenciado en Comunicación Social. Ha publicado, entre otros, los poemarios Gozo de madrugada (2014), Tránsito y fulgor del barro (2018), Íntimos fragmentos (2019), y la recopilación de artículos de opinión en Tesitura inacabada (2022). Finalista del Premio Nacional de Poesía Paralelo Cero 2018, y del III Premio Internacional de Poesía de Fuente Vaqueros 2023. Columnista de diario El Telégrafo entre 2010 y 2016. Actualmente es articulista de El Mercurio, de Cuenca, y colaborador en varias revistas digitales. Participante seleccionado en el Taller de Poesía Ciudad de Bogotá Los Impresentables (2022 y 2023). Ha sido invitado a eventos de carácter literario, cultural y político en España, Nicaragua, Argentina, Uruguay, Cuba, Bolivia y Colombia, como el XV Encuentro de Poetas Iberoamericanos en Salamanca (2012), el XIII Encuentro Internacional “Poetas y Narradores De las Dos Orillas” en Punta del Este (2014), el VI Encuentro de Jóvenes Escritores de Iberoamérica y el Caribe en La Habana (2016), el III Encuentro Internacional de Poesía en la Ciudad de los Anillos en Santa Cruz de la Sierra (2016), o el XI Festival Iberoamericano de Poesía en Fusagasugá (2023).

4 thoughts on “Confesión de un poeta herido”

  1. Alfredo Villegas Oromí

    Es extraordinario cuando la voz de un poeta (Anábal Fernando Bonilla) encara tu obra y opina, analiza, devela, y se introduce a fondo en ella, sin desmenuzar los poemas ni el sentimiento que en ella subyace detras de las palabras y las imágenes. Agradezco infinitamente a Anibal por su trabajo y su generosidad al haber leído y comentados mi libro “Las cartas están echadas”. Un abrazo eterno para él y para mis hermanos ecuatorianos., Alfredo

  2. Felicitaciones a EL PEZ SOLUBLE por publicar artículos de poetas trascendentales como lo es Alfredo María Villegas Oromí, poeta del insomnio y del quebranto de ser humano sufriente; sus libros LAS CARTAS ESTÁN ECHADAS y SIN ELLA, NADA son obras de primer nivel y recibieron importantes premios.
    Martha Grondona

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