Por: Víctor Hugo Fernández / Cuento

Cuento
Recuerdos alterados: esa “extraña perfección nacida del dominio del oficio”
La frase que encabeza el título de este escrito pertenece a Alfonso Chase, quien —desde su refugio urbano en Castalia— ha logrado distanciarse lo suficiente para perfilar con precisión la calidad de este nuevo libro de relatos que, bajo el sello Arboleda, publica el poeta y narrador costarricense Guillermo Fernández.
En “Recuerdos alterados” los lectores nos encontramos frente a un libro donde la memoria deja de ser un depósito de hechos para convertirse en una fuerza activa, movediza y perturbadora. Sus relatos no evocan el pasado: lo reabren. Lo obligan a regresar con nuevas máscaras, otras voces y fisuras inesperadas. En Fernández, la memoria deja de ser un archivo fiel para convertirse en esa materia frágil donde lo vivido y lo imaginado terminan confundiéndose hasta volverse indistinguibles.
Desde el detective obsesionado con la imagen de Evelyn McHale en “Un recuerdo alterado”, hasta el monje que visita a Gilles de Rais o el fotógrafo derrotado de “Convertirse en fantasma”, los personajes de Guillermo Fernández viven bajo una misma presión: comprender aquello que ya ocurrió y que, sin embargo, continúa actuando sobre ellos.
Lo primero que sorprende es la extraordinaria capacidad del autor para crear atmósferas. Sus escenarios nunca son simples fondos: son organismos vivos. Nueva York, castillos medievales, plantaciones, sanatorios, estaciones de tren o paisajes domésticos adquieren una densidad emocional que determina la conducta de los personajes. Hay algo aquí cercano a un naturalismo contemporáneo: el entorno deja de acompañar y empieza a modelar el destino. El espacio no rodea a los protagonistas: los piensa.
Uno de los mayores logros del libro es la coherencia tonal. Los relatos viajan entre registros históricos, psicológicos, filosóficos e incluso fantasmales, pero nunca se dispersan. La memoria, la culpa, la muerte, la identidad y la persistencia del pasado forman una constelación temática que unifica el volumen. Distintos personajes, distintas épocas: una misma inquietud.
La imaginación de Fernández merece mención aparte. Hay relatos que parten de hechos históricos mínimos y los expanden hacia zonas inesperadas —el caso de Evelyn McHale o el asesinato de Zdzisław Beksiński— sin caer nunca en la caricatura ni en el exceso efectista. Más que inventar acontecimientos, el autor parece imaginar los intersticios del tiempo, aquello que la historia dejó en silencio. Ahí trabaja con especial inteligencia.
Hay además relatos donde Fernández parece trabajar desde una zona más íntima y silenciosa, sin renunciar a la inquietud que atraviesa el conjunto. “El viaje”, por ejemplo, inicia bajo la apariencia de una memoria juvenil y una excursión casi doméstica, pero lentamente se transforma en otra cosa: un descenso a las zonas opacas de la promesa, el fracaso y la derrota silenciosa. El personaje de Moisés —perdido entre plantaciones, recuerdos y símbolos— termina convirtiéndose en una de esas figuras que permanecen más allá de la anécdota. El lector comprende que, en este libro, los personajes nunca están simplemente en un lugar: habitan también una derrota, una espera o una forma secreta del desarraigo.
En otros relatos, como “El guardián, el sentenciado a muerte y las cartas”, “El pasado también es nítido” o “La geoda”, el autor demuestra una habilidad particular para convertir situaciones aparentemente simples en pequeñas exploraciones sobre la culpa, la identidad y las formas en que el tiempo altera aquello que creemos comprender. Hay en estos textos una convicción narrativa poco frecuente: la certeza de que el misterio humano no necesita artificios extraordinarios. Basta una carta, una espera, una conversación o un objeto para abrir una grieta por donde asoma algo más complejo y perturbador.
Y quizá uno de los aspectos más atractivos del volumen sea la manera en que Fernández trabaja la memoria no como nostalgia sino como territorio inestable. Sus personajes recuerdan, pero al recordar modifican; reconstruyen, pero también deforman. El pasado deja de ser un archivo ordenado y se convierte en una materia movediza donde la imaginación, la culpa y el deseo intervienen continuamente. De ahí que el título del libro resulte particularmente afortunado: los recuerdos aquí no regresan intactos; vuelven alterados, como si el tiempo, al tocarlos, hubiera dejado sobre ellos una huella nueva.
Y luego está la prosa: sobria, contenida, precisa. Fernández evita los alardes. Su escritura parece desconfiar del gesto grandilocuente y apuesta por otra virtud menos visible y más difícil: la permanencia. Es una prosa que no busca exhibirse sino construir lentamente un clima, una respiración y una zona de inquietud. Fernández escribe desde una sobriedad casi hipnótica, sin alzar la voz, dejando que lo irreparable haga su trabajo. Su tono, por momentos lírico, confiere a los relatos una densidad poética que los distingue dentro del panorama de la narrativa breve contemporánea. En ellos, el pasado no se evoca: regresa —alterado, insistente, como “una voz que no aprendió a callar.”
Quizá ahí radique la mayor virtud del libro: “Recuerdos alterados” no busca impresionar al lector con fuegos artificiales narrativos. Prefiere otra operación más lenta y más peligrosa: quedarse rondando después de terminado. Como ciertos recuerdos verdaderos, sus relatos no concluyen del todo. Permanecen abiertos, alterándose en la memoria de quien los leyó.
Las cuadras de Tibás, mayo 2026
- Melvyn Aguilar
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Víctor Hugo Fernández
(Costa Rica) es poeta, narrador, ensayista y crítico cultural. Filólogo y comunicador, ha desarrollado una extensa trayectoria vinculada a la literatura, las artes y la reflexión cultural contemporánea. Durante años ejerció la crítica especializada en diversos ámbitos artísticos, consolidando una voz reconocible por su rigor analítico y sensibilidad estética.
Su obra literaria transita entre la poesía, la narrativa y el ensayo, explorando temas como la memoria, el cuerpo, el tiempo, la fragilidad humana y las tensiones de la vida contemporánea. Su escritura se caracteriza por una depuración expresiva de gran intensidad lírica, donde convergen la contemplación existencial, la ironía crítica y una atención constante a la musicalidad del lenguaje.
Ha participado en proyectos editoriales, curatoriales y de difusión cultural vinculados al libro y las artes visuales. Actualmente trabaja en diversos proyectos poéticos y narrativos reunidos bajo el ciclo Kafka recorre el Istmo: bestiario del absurdo centroamericano
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