Narrativa Costarricense / Relato
Toqué dos veces. Un texto de Eduardo Murillo Zúñiga
- Melvyn Aguilar
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Toqué dos veces
Toqué la puerta dos veces. La casa estaba muy distinta; la recordaba de color blanco brillante y ahora lucía un gris opaco y tenue. Las ventanas tenían ahora un vidrio reflectante, que mostraba mis ojos desconcertados y mi gesto preocupado, mientras aguardaba frente a la casa de mi amiga Julieta.
Minutos después escuché unos pasos cansados dentro de la vieja casa, el andar se iba acercando con dirección a la cara anterior de la vivienda, y luego, tras un rechinar agudo y el movimiento lento de la puerta al abrirse, se asomó la cara agotada de Jordana. Sus cabellos se habían vuelto algodones despeinados, y su cara de pocas arrugas a pesar de sus setenta y pico de años, reflejaba un sentimiento compungido.
Yo no podía dejar de pensar en la imagen que recordaba de ella, más de veinte años atrás, cuando su cabello era negro y me la pasaba horas interminables junto a su hija Julieta, mi amiga Julieta. La adolescencia era un recuerdo lejano y a pesar de la distancia, ocultando el pasado entre las ramificaciones del tiempo, me parecía apenas ayer, nos reuníamos para hacer las tareas del cole y contarnos nuestras penas. Yo era su amigo inseparable, el compañero fiel, atento y protector de sus juveniles intereses. Aun no comprendo, la incidencia capaz de convertirnos en amigos. Casi era imposible, que una muchacha extrovertida, popular y vivaz como ella, se cruzara en el camino de un tipo retraído y raro como yo. La circunstancia propicia, había sido, creo, un baile asignado como una tarea, en la cual habíamos tenido la dicha de formar pareja, a capricho del profesor de música. Yo tenía dos pies izquierdos y era lento, torpe y tieso como un oso perezoso al ras del suelo. Fue Julieta quien me enseñó algunos pasos de baile y logró en mí, una coordinación y quinesia aceptable tras horas de ensayos. La química se dio de inmediato y juntos íbamos y veníamos, aprovechando la cercanía de nuestras casas. Sin embargo, en el cole existíamos en mundos diferentes y yo mantenía una distancia prudente, pues ella la pasaba con sus compas, los amigos populares con quienes vacilaba en los recreos, y yo con mis impresentables amigos en la mejenga del recreo. Ya en la tarde, nos íbamos caminando y con suma frecuencia nos quedábamos hablando en el corredor de su casa, o bien acostumbrábamos a hacer las tareas en conjunto y estudiar para los exámenes. Cosa extraña para mí, la actitud de Julieta ante mis excentricidades, pues yo me la pasaba horas construyendo maquetas, alimentando mi fascinación con las estructuras de cualquier tipo y a ella eso parecía agradarle.
En el cole todos los compañeros estábamos embobados por Julieta. Ella era espontánea y alegre, siempre hablando cálidamente, extasiando con su bella y resuelta sonrisa. Su mirada era grande, de un tono miel y se posaba con firmeza en los ojos de quien la escuchaba. Su caminar, decidido, embriagante; ella andaba siempre en actitud lúdica y deductiva; riendo casi por cualquier cosa y sorprendiéndose por las cosas más pequeñas y elementales de la vida. Perspicaz y de mente inquieta, Julieta enamoraba a todos sin quererlo, sin intención, pues su forma de ser era un imán para toda nuestra clase. Yo no escapaba de ese sentimiento colectivo, que envolvía las ansias y las ganas de todos los jóvenes de mi generación. Realmente se me hacía muy difícil disimular la fascinación que ella generaba en mí al hablarme, al contarme alguna cosa; más de una vez me pescó en el mar de mis pensamientos vacíos, los cuales no podían seguir el hilo de lo que me contaba, por estar contemplando sus ojos, sus labios y su presencia.
Las tardes se hacían cortas, entre charlas que por excusa tenían las duras tareas de matemáticas y estudios sociales. Yordana nos consentía con sus panes y galletas, adornando el centro de la mesa a media tarde con sus obras culinarias. No tardaron los rumores acerca de la relación amorosa que Julieta y yo manteníamos, pero eso no era creíble, ¿Quién iba a pensar que un tipo como yo, anduviera con una muchacha como Julieta?; semejante cosa, tan solo podía caber en la imaginación de alguien que la había fumado muy verde.
Los años de colegio se fueron como el viento. De esa época, casi lo único que yo atesoraba era la compañía de Julieta. Si bien es cierto, yo tenía unos cuantos amigos con los cuales me la pasaba jugando Nintendo o futbol, realmente era el tiempo con ella, lo que adquiría un sentido pleno y voraz. Eso a pesar de que no le había tocado un pelo, no habíamos pasado de un beso en la mejilla, pero el cariño y la sintonía que manteníamos en nuestras pláticas era algo excepcional. Al final del cole, yo empecé a buscar opciones para ingresar a la universidad. Se me daban los números y tuve la suerte de entrar a la facultad de ingeniería con una beca del gobierno. Julieta en cambio, aún no tenía muy claro el camino que deseaba seguir. Sus notas eran sobresalientes, pero ella no quería dejar su terruño, las montañas verdes, el calor de la leña en la cocina, el olor a campo y a rica comida rural.
Los años siguieron avanzando, a menudo la llamaba por teléfono y con frecuencia cuando regresaba a la casa de mis padres, cada dos o tres meses, tocaba a la puerta de Jordana y me sentaba por horas junto a Julieta para contarle de mis clases, de las fiestas de universitarias y del mundo josefino. Ella por su parte, me escuchaba con atención y la notaba silenciosa, sus ojos brillaban menos y se relacionaba poco con sus amigos populares del cole, aunque su belleza se hallaba imperturbable. Le preguntaba entonces por sus sueños, por sus anhelos, y ella se limitaba a decir que su madre no podía quedar sola, que su destino era permanecer junto a ella y encargarse de sus obligaciones. A pesar de que Jordana aún era una mujer relativamente joven, cercana a los cincuentas, se creía dependiente; era necesario para la madre que Julieta y de que su hermano mayor se encargaba de la finca, de los animales y del sustento familiar. Eso era para la hija un asunto de suma importancia. Tal era ese incuestionable destino, que defendía inclusive esas ideas con cualquiera que argumentara una postura distinta. Con el tiempo ella fue ensimismándose, hundiéndose en ese rol impuesto por la tradición familiar, dedicada con esmero al campo y a la tierra.
A pesar del tiempo limitado a consecuencia de mi dedicación a la carrera y a mi vida universitaria, no podía dejar de aferrarme a las imágenes de Julieta en mi mente, a mis sentimientos intactos desde el cole. Una noche fui a su casa y de sopetón le solté el sentir acorazado en mi pecho. Ella recibió mis palabras con asombro y guardó un largo silencio. Luego me tomó de las manos y me dijo lo que yo presentía desde muy antes y por tanto, para evitar escuchar esas palabras, había pospuesto tanto tiempo mi declaración.
-Te quiero mucho, pero es un sentimiento de gran amistad, casi te quiero como un hermano –me había dicho.
Desde esa vez, paulatinamente fui alejándome de ella; las llamadas telefónicas que le hacía se convirtieron en un evento infrecuente. Cuando volvía de visita al pueblo, apuraba el paso para evitar toparme con Julieta. Meses después supe de un vecino que a menudo frecuentaba la casa de Yordana. Se trataba de un ganadero, de cuarenta y tantos años, el cual había confesado su interés afectivo por Julieta. La madre había tomado esa noticia con sumo agrado, pues Tavo, así se llamaba ese hombre, ostentaba de una posición económica muy favorable y esa condición decantaba a todo el pueblo, convirtiéndolo es un personaje muy valorado y respetado en los alrededores. Él era un tipo bastante solitario, rara vez se había visto de la mano con una muchacha y tal parecía hasta ese momento que iba a quedarse solterón, al menos era el parecer de las vecinas generadoras de rumores frescos. Poco tiempo después me di cuenta, que Julieta iba a casarse con ese tipo, a penas y habían transcurrido unos cuantos meses. Yo me acordaba de un par de muchachos que en el cole habían tenido la suerte de salir con Julieta a escondidas, dado el control estricto de Jordana sobre su hija; nadie más recordaba yo, luego de ese par de colegiales. Pocos años habían pasado, Julieta aún conservaba su carita de adolescente y estaba a punto de contraer nupcias con ese tipo arrugado y sin gracia.
Para esos días ella intentó hablar conmigo, tocó a la puerta de mis padres, preguntó a mi madre por mí, y reiterativamente me llamaba por teléfono. Yo no quise contestar y pasé ratos amargos intentando olvidar sus ojos, su sonrisa y su presencia.
Los años pasan con tanta velocidad. El tiempo es verdaderamente un recurso finito y muy escurridizo. Una década es como el humo de una velita que se apaga y se esfuma. Yo terminé mis estudios y me hundí en el trabajo; de muy joven obtuve contratos de construcción y cada vez me fui llenando de labores y responsabilidades. Por su parte, supe de Julieta por mi madre, cuando yo visitaba mi casa en el pueblo y ella me ponía al tanto de los acontecimientos referentes a mi amiga de la juventud.
Construyeron una casa junto a Jordana y la pareja tuvo tres hijos varones. La cercanía con la madre le permitió a Julieta meter el hombro en las labores que su madre aún le encomendaba. El mayor sufrió grandes complicaciones al nacer y su desarrollo cursó con grandes dificultades; aprendió muy tarde a caminar y el lenguaje básico lo fue alcanzando gracias a la perseverancia de su madre y a las sesiones terapéuticas. Supe que Julieta se abocaba con esmero a los cuidados de sus hijos, en especial al mayor, debido a su gran discapacidad y necesidades. Los otros dos niños de edades muy cercanas al mayor, poco más de un año de diferencia entre cada uno de ellos, crecían con fuerza y sin las limitaciones del primero. Todo iba bien, con aparente normalidad, a pesar de la rutina creciente en medio de la pareja de esposos. La relación cursaba con indiferencia y frialdad. En realidad, al menos eso se decían en el pueblo; marido y mujer tenían un trato seco, distante, principalmente el esposo, caracterizado por su hermetismo y sus pocas palabras. Una mañana, el círculo familiar se rompió y la historia de Julieta sucumbía a una experiencia vivida dolorosamente en carne propia. Ella había salido a efectuar unas diligencias; ese día Nico, su hijo mayor había quedado al cuidado de su madre y los dos menores se encontraban en la escuela. Era de suponer que la mañana a penas y le iba a alcanzar para efectuar lo pendiente; sin embargo, rápidamente se desocupó y regresó a su casa. Para su gran y desafortunada sorpresa, encontró a su marido sin ropas, en compañía de uno de sus peones; yacían en la cama en absoluta desnudez.
En los pueblos, ese tipo de acontecimientos vuelan y en lo que dura el chasquido de dos dedos, todo el mundo conoce con detalles lo ocurrido. El marido, quien fuera hallado con las manos no precisamente en la masa, pero sí infraganti, no tuvo otra opción que largarse a un destino remoto. Vendió sus tierras y empezó una nueva vida en la costa pacífica del país. A su esposa e hijos, poco fue lo que dejó para su manutención. Julieta por su parte, recurrió al escondrijo de sus adentros y poco hablaba del tema, optó además por refugiarse en su casa y vivir enteramente para sus hijos.
Al menos eso fue lo que me contaron. Yo por mi parte mantenía mi esfuerzo y concentración en mis abundantes labores. Me iba bien en los ámbitos de mi profesión. No obstante, en la vida de pareja no había encontrado la sintonía que permitiera una relación duradera. He tenido varias relaciones; he tenido suerte con las mujeres, no me quejo, pero la espinita de Julieta aún pullaba adentro. A pesar de ese malestar crónico y del deseo por volver a verla, mi orgullo era más fuerte aún y me impedía acercarme. La vida siguió su curso y al tiempo me di cuenta de una nueva relación germinando voluntades en Julieta y avivando la chispa que en la juventud, en ella hacía temblar a cualquiera. Era un hombre recién divorciado, quien nunca cayó en gracia de Jordana. La madre se opuso rotundamente a ese vínculo, olvidando que su hija era hace mucho tiempo una mujer hecha y derecha. Por primera vez en la vida, Julieta sostuvo una posición contraria y desafiante hacia su madre, abrazándose a los nuevos vientos, intentando retomar su vida. Esa decisión supuso un alejamiento entre la madre y la hija; con los años la distancia se fue ensanchando, a pesar de la cercanía de sus viviendas. Julieta no quiso encargarse más de los quehaceres agrícolas propios de su familia de origen, y decidió resolver su vida en favor de sus hijos y de su nueva pareja.
Los años siguieron avanzando y pronto mi cabellera se llenó de muchas canas, mientras continuaba al margen de mis quehaceres, instalado yo, en medio de una existencia de bienes, placeres y de una fría soledad.
Pero casi para todo llega un día y de buena mañana me alisté para tocar la puerta de Jordana. Sabía que ahí encontraría a Julieta, más de dos décadas después. Pensé por largas horas las palabras idóneas. Sentía una inmensa necesidad de pedirle perdón, reconocer el gran remordimiento que yo sentía por haberme alejado tanto tiempo, renunciando de esa manera, a la amistad, al sentimiento más puro y pleno que había experimentado en la vida. Toqué a la puerta dos veces; Jordana me abrió y pocas palabras me dijo. Sabía a qué venía y a pesar del recelo y la desconfianza, característica de los últimos días, me dejó pasar sin reserva. Acudí entonces a la sala, luego a la cocina, y por último a la antigua habitación de Julieta. Ahí estaba en su cama, con su mirada ausente, fija e imperturbable.
Me acerqué a su recinto y le di un fuerte abrazo. Ella cursó inmutable, respirando con inquietud, pero sin manifestar absolutamente nada. Luego miré a Jordana y sus ojos hablaban de un dolor desgarrado; no digo una palabra, pero su gesto expresaba lo mucho que ella sufría, la indignación que flameaba dentro de ella, la resistencia a resignarse.
Junto a la cama noté que había varias almohadas y el concentrador de oxígeno provocaba un burbujeo al paso del aire, ruido que rompía el silencio y la ausencia de palabras. Julieta estaba muy delgada, su rostro se había jalado hacia abajo, sus clavículas se dibujaban bajo sus ropas, sus cabellos negros se entrelazaban con unas cuantas canas y sus ojos grandes, carentes de brillo, parecían estar mirando a un sitio por demás lejano. Seis meses atrás, todo el mundo de Julieta había dado un giro brutal. Tal vez si ella hubiera prestado más atención a los fuertes dolores de cabeza de los últimos días.
-Una arteria en el cerebro se reventó y Julieta nunca va a ser la misma –me había dicho mi madre.
Yo no podía creerlo. Duré varias semanas negando la realidad de los hechos. Pero los vecinos eran enfáticos en asegurar que la hija de Jordana había partido hacia un lugar recóndito y tan solo el cuerpo había quedado en el pueblo. Los pronósticos de los médicos no eran alentadores, inclusive, habían preparado a la familia para el deceso durante las dos semanas que permaneció hospitalizada. En estado vegetativo, con una traqueostomía y una sonda para alimentarse, regresó a su casa, a la casa de Jordana, en una camilla dentro de una ambulancia. Fue cuando la madre decidió acondicionar un espacio en su vivienda a fin de dar los cuidados que su hija requería.
El tipo que vivía con Julieta desapareció a los pocos días. No pudo afrontar el cambio radical de su pareja. Fue de esa forma, como los nietos de Jordana se mudaron con su madre a casa de su abuela y constantemente velan por las atenciones de su madre. Aún guardan una esperanza, de que un día próximo, Julieta despierte de su prolongado sueño y vuelva a sonreír como ella solamente sabe hacerlo.
Ante Julieta solté entonces unas lágrimas, y solo pude decir –perdón y gracias. A pesar del silencio, de la aridez de palabras, de la inexistencia de un gesto afable y de un estrechón de manos, pude sentir que un halo invisible envolvía todo el lugar. La risa sincera de Julieta era una especie de susurro que el viento traía, cruzando la ventana y moviendo suavemente las cortinas. Jordana fue a la cocina y allí se quedó por algún tiempo, mientras tanto tomé la mano de Julieta y con mi mente, le conté todos los pormenores de mi vida reciente, un resumen detallado de mis últimas dos décadas. De alguna manera, la presencia de ella me abordó de un modo distinto y supe entonces que su corazón alegre aún vibraba en algún sitio desconocido. Bastaba tocar a la puerta dos veces y ser recibido por sus ávidos ojos y su excelsa sonrisa.
Desde ese día, no fallo en tocar a la puerta y encontrarme de nuevo con mi amiga Julieta.
Eduardo Murillo Zúñiga.
Cartago, Costa Rica (1979) Autor costarricense contemporáneo cuya producción literaria se vincula con la narrativa de su país y Latinoamérica. Su obra se desarrolla dentro del marco de la literatura costarricense actual y por acontecimientos históricos, mostrando interés por la realidad psicosocial y cultural.
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Excelente narrativa en torno a las vivencias de amistad con Julieta.