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Relato / Por: Víctor Hugo Fernández

La petite mort de Paco, el ebanista

La petite mort de Paco, el ebanista Un relato de Víctor Hugo Fernández …De no haber sido por el baile, mi relación con Elvia me habría destruido…

La petite mort de Paco, el ebanista

A sus 82 años, Francisco Siliézar caminaba dos horas y treinta minutos todos los jueves. No era un paseo, era su entrenamiento semanal, su pacto con el cuerpo. Se preparaba para los domingos por la tarde, cuando —desde hace 35 años— asistía al Salón Italia, en Barva de Heredia.

Allí Francisco, el ebanista, era Paco. Y Paco, entre luces tenues y un aire provinciano que parecía detenido en otra década, bailaba cinco horas (a veces más) ritmos tropicales como si le hubieran dado cuerda. Le apasionaban la salsa y el paso doble “marcadito”, como decía él, con una convicción casi religiosa.

Acompañado por alguna vieja bailarina que, muy a pesar de las arrugas, no descuidaba el rímel ni el labial encendido, Paco descomponía su cuerpo en escena: cumbia con desplazamientos largos, giros, saltos, un azote de cadera que hacía girar a su dama como trompo. Y cuando tocaba detener la euforia, la detenía con una sola mano en la cadera, como quien baja el volumen del mundo sin apagar la música. Entonces se acercaba con una seducción lenta —esa que no pide permiso porque ya lo tiene— y el baile parecía hablar por él.

La caminata de los jueves no era sencilla. Involucraba columpios pronunciados, tramos donde debía dosificar el paso por riesgo real de caer fulminado por un infarto.

—A mi edad no le temo a los desafíos de mis rutas —decía—, pero algunos terrenos los tomo con precaución. Después de todo, no lo hago para sucumbir en el intento, sino para fortalecer las piernas y reforzar la movilidad. Para que el domingo no me quede atrás cuando las damas bailadoras me ponen contra la pared y me desafían a seguirlas… o a marcar el ritmo de nuestros bailes. El ambiente es hermoso. La mayoría somos de mi edad, y casi todos somos bailarines experimentados, tan fiebres como yo.

Hablaba y se frotaba las manos, como si todavía tuviera en ellas la cola para madera. Intentaba despegarse ese oficio de los dedos, pero el oficio no se despega: se queda adherido, como un olor.

Paco se ufana de estar activo. Trabaja solo en su taller. Confiesa que desde hace algunos años prefiere aceptar muebles pequeños, libreros medianos y objetos que pueda manejar sin pelearse con la gravedad. Pero el trabajo no lo abandona: le encanta el olor de la madera recién cortada, y también disfruta —con una franqueza rara— los penetrantes olores de los químicos con que recubre las piezas para darles brillo o añejamiento.

—A mí me fue muy mal con las mujeres —soltó un día, como quien deja caer una tabla sobre el banco de trabajo—. Mi primera esposa me hizo mucho daño. La conocía desde la escuela: crecimos juntos, fuimos al colegio en pareja… y yo creía conocerla como a la palma de mi mano. Cuando nos casamos, pensé que confirmábamos una amistad hermosa de toda la vida. Pero con el matrimonio todo cambió. A los pocos años decidió dormir separadamente. Se fue distanciando sin que yo pudiera entenderlo. Un día salió a hacer compras… y no regresó.

Al cabo de meses apareció una tarde de lluvia y le dijo que quería el divorcio. Paco intentó persuadirla con todo lo que tenía a mano —palabras, promesas, la torpeza del que todavía cree—, pero no lo logró. Se divorciaron. Ella se quedó con una casa nueva recién construida; él se quedó en la propiedad donde tiene el taller y donde ha vivido más de cincuenta años.

—De esa relación casi no salgo —continuó—. Caí muy bajo. Me deprimí demasiado. Si no fuera porque los evangélicos me agarraron fuerte de la mano, me hundo y no estaría contando el cuento.

Fue entonces cuando se hizo evangélico. En el templo conoció a la que sería su segunda esposa: una mujer que al principio parecía una santa. Lo ayudó, le enseñó no solo a orar, sino a confiar. Pero ya casados, Paco descubrió otra cosa.

—Resultó peor que la primera —dijo, y en la manera de decirlo había más cansancio que rabia—. Me di cuenta de que padecía bipolaridad. En el tiempo que la conocí en el templo yo solo le vi una faceta. Cuando nos casamos, el infierno se desató. Hubo épocas en que desaparecía días enteros y cuando regresaba no daba explicaciones. Parecía amnésica: no recordaba nada.

En esos períodos de ausencia, unos amigos lo llevaron —más para rescatarlo que por diversión— a los salones de baile. Allí Paco se introdujo en los ritmos tropicales y en el dulce placer de danzar en compañía: relaciones sentimentales y emocionales que duraban lo que duraba una pieza sobre el mosaico, en sitios que hervían con vapores y aromas ácidos de perfumes alterados por la sudoración.

—De no haber sido por el baile, mi relación con Elvia me habría destruido. Ella se seguía ausentando cuando le daban sus ataques, pero dejó de importarme… porque yo ya estaba demasiado metido en el mundo de los salones. Actividad que a veces también practicaba los jueves por la noche. Quizás por eso, cuando dejé de salir a bailar los jueves, lo cambié por una caminata irrenunciable de dos horas, siempre ese día.

Desentenderse de Elvia no fue fácil. Cuando regresaba de sus crisis y no lo encontraba, se enfurecía. Se enfurecía más si percibía aromas perfumados en la ropa de Paco: resabios de sus bailes con aquellas damas que lo ayudaban a olvidar y a sentirse vivo.

—Mis explicaciones nunca fueron aceptadas —contó—. Y ella tenía un hermano motociclista que la alcahueteaba. Se montaba con él y salían a buscarme por todos los salones de Tibás, Guadalupe y San José. Cuando me encontraba me armaba unos escándalos tan severos que yo, por vergüenza, no volvía a esos salones.

Fue entonces que alguien le dio un consejo práctico, casi de novela de espionaje: buscar un salón lo más retirado posible de sus ámbitos de movimiento y mantenerlo en secreto. Paco buscó y encontró el Salón Italia, en las afueras de Barva, a los pies de las montañas heredianas.

—Ahí no me encontraría ni el pizuicas —dijo—. Y en efecto: así fue. Desde entonces no he dejado de venir un domingo. Ni siquiera el de Resurrección.

De Elvia “se deshizo”, como él mismo lo dice, siempre con pérdidas. Cuenta que la bipolar le chupó buena parte de la cuenta bancaria, entre otras cosas. Después de eso decidió que había terminado para siempre con las mujeres: que seguiría solo y que únicamente se relacionaría con ellas los domingos, cuando se ponía de pie en su mesa solitaria del Italia y las invitaba a bailar.

Su fama de buen bailarín —consolidada en ese salón— le permitía ser aceptado casi siempre. Rara vez lo rechazaban: aquellas damas amaban, sobre todo, que un hombre las sacara a la pista y las hiciera bailar con precisión, con solvencia, “como hacemos bailar trompos en una uña”.

A sus 82 años —el mes entrante cumple 83— Paco sigue abriendo el taller todos los días, excepto los domingos, que los dedica al Italia y a una orquesta en vivo compuesta por músicos, algunos casi de su edad. Para Paco, ellos forman parte del paisaje natural del salón: nacieron allí como músicos, se consolidaron allí y han hecho carrera allí, tercos y felices.

—La mayor parte no se dedicó exclusivamente a la música, pero la amaban. Cuando se pensionaron dejaron otros empleos… pero su música nunca. A veces pienso que mi amor por el baile se debe a la alegría que me da. La fidelidad que me muestra. Lejos de problemas o misterios, el baile me ayuda a encontrarme. Imagino que así les pasa a los músicos cuando nos miran saltar, sonreír y hacer esos gestos inexplicables de complacencia.

Para Paco, los jueves y los domingos son sagrados. El jueves prepara el cuerpo y la mente: camina con audífonos y escucha su música preferida mientras recorre el paisaje accidentado que rodea el río Virilla.

Paco hizo una pausa, como si escuchara una clave que los demás no oímos. Sonrió apenas, y en esa sonrisa cabían el taller, la iglesia, los divorcios y el Salón Italia como una última patria.

—Yo de las mujeres de mi vida prefiero hablar poco —dijo—. Eso fue una pesadilla… y uno no viene al mundo a vivir con el corazón en una gaveta.

Se frotó las manos, todavía con el gesto del ebanista que no termina de limpiarse el oficio.

—Pero el baile… el baile es otra cosa. El baile no miente. El baile no desaparece tres días y regresa con amnesia. El baile se queda y le cumple a uno.

Entonces bajó la voz, no para ocultarse, sino para decirlo bien:

—Aquí hay dos o tres mujeres que veo todos los domingos desde hace treinta años. Yo las tomo del brazo y la cintura, ellas me conceden el juego y yo conduzco. Y cuando giran, cuando se me acercan con el calor de su respiración, a mí se me enciende todo… como si la vida todavía estuviera estrenándose. Y en ese segundo uno muere un poquito… y vuelve.

Se quedó un instante mirando hacia adentro, como quien mide una tabla antes del corte.

—Así que sí —remató—: a mis 82 años, los domingos por la tarde, disfruto múltiples orgasmos.

Y lo dijo sin alarde, con una serenidad casi feroz, como si estuviera defendiendo el derecho más simple y más raro: seguir vivo.

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Víctor Hugo Fernández

Costa Rica, agosto 1955.  Poeta, narrador y ensayista con una amplia obra publicada en Costa Rica y el extranjero.  Activista cultural y comunicador desde edades tempranas. Estudió Filología y Lingüística Española en la Universidad Nacional, además obtuvo Maestría en Literatura Comparada por la Universidad del Estado de Pennsylvania, Estados Unidos. Fue director de la escuela de Danza de la Universidad Nacional y editor del suplemento cultural Ancora del diario La Nación.  Recientemente ha fundado y dirigido programas de opinión en la radio digital.

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